sábado, 31 de mayo de 2008

Un buen cuento para el Dia de la Madre...Cuartorrepublicana

Signos ostensibles de billete

por Braulio E. Sea.
Publicado por "El Siglo" el 28 de Mayo de 1989.

El licenciado Pascasio Patiño se dignó finalmente, cinco años después, visitar el domingo pasado a Doña Catalina del Carmen, su señora madre. Pero tal acto de amor filial no fue producto de la celebración reciente del Día de la Madre, ni porque el distinguido personaje vino a traerle un preterido regalito a la solitaria viejecita, sino porque definitivamente la desamparada anciana falleció el sábado y los vecinos no pudieron reunir suficiente dinero para darle un piadoso enterramiento de pobre.

Pero la llegada del licenciado Pascasio Patiño al barrio “Tarcisio Herrera” constituyó un inesperado y detonante espectáculo público que congregó y alborotó a los desarrapados moradores de aquella comunidad. Y no era para menos. Era la primera vez que un automóvil de aquellas dimensiones se arriesgaba a penetrar tan adentro de aquella jungla de ranchos y callejuelas intrincadas. Desde que aquella descomunal nave sideral de blanco encandilante asomó su tropa en la curva de “La Cuchilla”, comenzaron a salir muchachos como bachacos de aquellos agujeros de zinc y tierra y fueron arremolinándose a distancia más por asombro que por respeto y admiración. Los más adultos corrían a las puertas y otros desde allá dejaron sus piedras de dominó y dados para venirse a enterar de la cara de aquel magnate que se escondía tras los vidrios ahumados de ese palacio con ruedas que andaba perdido entre tantos charcos y jendentinas de la comunidad marginal. Las señoras que se secaban las manos en el vestido o se asomaban sudorosas por las hendijas de lata quedaron con la boca abierta cuando la puerta trasera del rutilante vehículo se abrió lentamente y sin ruido y por ella apareció en toda su verticalidad y esbeltez “made in Spa” la estampa de punta en lino del licenciado Pascasio Patiño, uno de los hombres más importantes del gobierno anterior (no importa cuál). Su perfumado rostro de inmediato se descompuso con una mueca y las ventanillas de la nariz se le inflamaron en un acceso de repugnancia.

-Mira, muchacho, ¿éste es el barrio Matusalén?

Ni aquel a quien habla interpelado, ni el otro, ni el de más allá se interesaron por el espectacular personaje que les hablaba. A los chamos sólo les encandilaba el brillo de aquel carrote.

-¿Este es el barrio Matusalén? -gritó Pascasio a un anciano que lo miraba con la boca abierta.

-¿Matusalén? ¿Matusalén? ¿Barrio? iNooooo, mijo! Eso queda por allá arribota subiendo las escalinatas, mijo. ¿Matusalén Barrio? No, eso no es aquí abajo, tiene que subir muchos escalones, doctor.

-¡Qué buena vaina!. ¡Eddy, Eddy, sal, chica!

Apenas un zumbido fue la respuesta y como por arte de magia comenzó a descorrerse de arriba hacia abajo una de las cortinas de cristal ahumado de aquella moderna carabela metálica y la crispada melena de Eddy se decidió a desafiar aquel inhóspito ambiente. Pascasio casi descompuesto de la rabia le hizo un gesto de arrechera y la muchacha finalmente salió del auto al tiempo que todos los silbidos del barrio entonaron un fortíssimo que quedó repitiéndose en diferentes escalas por todos los despeñaderos del cerro atosigante. La muchacha hacía milagros al caminar para no caer en los charcos malolientes. Ante otra señal de pocas pulgas, a Eddy no le quedó más remedio que apurarse al tiempo que murmuraba: "Ay, ¿hasta allá arriba, licenciado?”.

El ascenso fue penoso y sofocante, pero los perros y los silbidos que salían de cada rancho improvisaron un concierto matinal que ponía una nota de simpatía a la escena, mientras se alejaban del Barrio “Tarcisio Herrera” y se internaban en las primeras estribaciones de la comunidad de Matusalén. El licenciado adelante y su secretaria privada atrás, que no a la inversa, ¡como debe ser!. Delante, como una vanguardia triunfal, corría la muchachera, pitando y dando alaridos, como una punta de cheyenes en las viejas películas de Bob Steele, producción ‘Republic”. Los primeros vecinos comenzaron a saludar al licenciado con tanta familiaridad que Eddy estaba asombrada. A medida que avanzaban crecía la multitud de recepción y el licenciado se acordaba de sus viejos tiempos cuando vino la última vez a sus querencias a buscar los votos que lo encumbrarían a las cúspides gloriosas de la administración pública.

-¡Hola, Pascasio, cómo estás!

-¡Carajo, Pascasio, cómo pasa el tiempo! ¡A ti sí que te fue bien, muchacho!

-Lo que son las cosas, miren a Pascasio ahora, todo un señor licenciado. ¿Cómo está, licenciado Pascasio?. Dichosos los ojos...

-¡Este sí es un hombre de poder, compadre!. ¡El compañero Pascasio!. ¡Quién lo diría! Con esa muchachota. ¿Esta es su señora, licenciado?

Pascasio guardaba un prudente silencio a medida que marchaba por las veredas laberínticas del barrio Matusalén y comenzaba a recorrer sus ranchos. Por su mente iba pasando un rollo de película con su pasado reciente. Por estos canjilones había corrido para ponerse a salvo de los "tombos", cuando encabezaba la banda de cobrapeajes de las escalinatas. Por aquella pestilente quebrada había chapoteado inmundicias para poner a salvo el alijo. ¡Ah, cómo podía aquella gente soportar tan malos olores! Y pensaba en su mansión de La Lagunita, sus campos y sus palos de golf. Qué inoportuna la vieja, ¡venirse a morir ahora!. Y todavía aspiraba que viniera a visitarla la semana pasada, cuando había el compromiso ineludible de asistir al acto que le tenían todos los compañeros a la madre del patriarca del partido. ¡Que bolas tenía su mamá, venirse a morir tan lejos!. ¡Claro, él no la podía sacar de aquel tugurio, con el miserable sueldo que ganaba!. ¿Cómo le pagaba una casa decente, con las cuotas que tenía que pagar por la mansión, el carro y tan caro que se puso el dólar?. Esos viajes de compromiso a Miami todos los meses son un verdadero cáncer, pensaba. Y esos safaris a Nueva Zelandia cada día están más caros. ¿Cómo, cómo sacaba a su mamá de allí? .

Eddy caminaba silenciosa también y pensaba. Pero la gente la veía con mucha curiosidad y ella temía que la reconocieran también.

-¡Claro, ésta es Edilburga Machuca! ¡Adíós, muchacha, tú sí que estás cambiada!. Mamá, ésta es Edilburga Machuca, la carriza aquella del Tabarín.

Claro que estaba desconocida Eddy para aquellos zarrapastrosos. El licenciado la sacó un día de aquella miseria y la puso a valer con su buen baño de tienda. Claro que estaba irreconocible con aquella peluca pelirroja que le regaló el "licen" el día de su cumpleaños el 7 de julio. Su standard de vida había cambiado desde que Pascasío se hacía grande en el gobierno. Claro, que como el sueldo no le alcanzaba, el licenciado Patiño se las arreglaba de las mil maravillas, porque siempre conseguía sus “venaditos” que dieran la cara por él.

Cuando llegaron a la casa (que de alguna manera había que llamarla) el licenciado Pascasio pudo reconocer entre los dolientes a su tía Visitación. De adentro venía un rumor de oración y un olor a velas y a pobreza. Y entonces Pascasio tuvo un arranque inesperado. Sacó la hallaca de cuero de antílope y extrajo varias orquídeas rápidamente, se guardó nuevamente la cartera en el bolsillo interior y le entregó los billetes a la tía Visitación.

- Eso es pal entierro, tía. Ya yo vengo, ya yo vengo...

Y diciendo esto tomó por la mano a Edilburga y emprendió la huída escalinatas abajo, donde lo esperaba su nave sideral custodiada por el chofer y por el guardaespalda que sostenía alzada una subametralladora lngram, en posición de alerta.

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